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Por la ECP de la OPC-CLETA
Si no hay comida cuando se tiene hambre,
si no hay medicamentos cuando se está enfermo,
si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas,
la democracia es una cáscara vacía,
aunque los ciudadanos voten y tengan parlamento.
Nelson Mandela, Ushuaia, julio de 1998
A partir del pasado 4 de julio y hasta el mes de noviembre de este año se realizarán elecciones en 15 Estados de la República Mexicana, en los que unos cuantos partidos políticos disputarán 10 gubernaturas, 451 diputaciones locales y 1481 municipios.
Las elecciones del 4 de julio representaron, antes que nada, un enorme gasto de recursos públicos, provenientes de los impuestos que todos los mexicanos pagan consciente o inconscientemente: el Consejo General del Instituto Federal Electoral (IFE) decidió en febrero pasado otorgar a los partidos políticos –con registro- más de 3 mil 633 millones de pesos en fondos públicos de los cuales 2 mil 731 millones son para financiamiento, 819 millones para gastos de campaña y casi 82 millones para gastos específicos de capacitación política, investigaciones socioeconómicas y tareas editoriales, según se dice. El tope a los gastos de campaña para cada candidato a diputado se fijó en poco más de 812 mil pesos.
Dicho dinero permite la sobrevivencia de los partidos políticos, que a lo largo de los años se han quitado sus máscaras de organizaciones con principios e ideologías para mostrarse como meras empresas políticas que se enriquecen del erario, sin bases sociales, y con el único objetivo de ocupar, mantener y dirigir los espacios de poder estatal.
Fruto de esta pérdida de representatividad y de principios han sido las recientes alianzas entre partidos que en otras circunstancias se habían mostrado como contrincantes. Es el caso de la coalición entre PAN-PRD-PT-Convergencia para apoyar a Gabino Cué (expriísta de corazón) virtual triunfador de los comicios para la gubernatura de Oaxaca y contra el candidato del represor y asesino priísta Ulises Ruíz. Algo similar ocurrió con la alianza entre el PAN-PRD-PT-Convergencia por la gubernatura de Durango para intentar ganarle a sus “rivales” priístas.
En la lucha por mantener o recuperar los espacios del poder estatal, los partidos han recurrido a la llamada guerra sucia en la que se intervienen teléfonos, se abren expedientes, en suma, se abre la cloaca de los partidos en el poder. Gracias a esta “guerra” hoy podemos corroborar con inusitadas pruebas, que las televisoras y periódicos mantienen acuerdos ocultos de publicidad con los gobiernos en turno, jerarquizando los espacios de información con base a perfiles electorales negociados.
Gracias a esta “guerra mediática” han sido los mismos partidos quienes demuestran con pruebas como los gobernadores en turno usan los programas de desarrollo social y económico para hacer proselitismo electoral, como en el caso del gobierno de Peña Nieto, de Calderón, etc.
Esta corrupción de los partidos, del poder estatal y la reducción de las elecciones a una mera campaña mediática, están generalizando un “desencanto” del proceso electoral entre la población. Prueba de esto fue un sondeo realizado en meses pasados por la empresa Berumen y Asociados acerca de la percepción de los mexicanos del sistema democrático en México, que indica que el 69% se siente insatisfecho o totalmente insatisfecho con su democracia, el 56% la considera inestable o muy inestable, siendo el abuso de poder, el incumplimiento de promesas y la corrupción los principales fallos del sistema democrático.
Por si fuera poco la guerra contra el narcotráfico sigue ocasionando efectos colaterales más terribles que la misma adicción que busca detener. La violencia y corrupción del narcotráfico se han vuelto el telón de fondo de las elecciones, y la violencia militar la única respuesta. En ese sentido el pasado 4 de julio en los estados donde hubo elecciones la Secretaría de Gobernación sacó a las calles a más de 34 mil policías federales, además de miles de soldados, siguiendo la misma maniobra que las dictaduras de derecha usaran para amedrentar a su población.
Como si se tratara de una burla atroz, nuestro país celebrará su bicentenario en el contexto de unas elecciones onerosas, infiltradas y ensangrentadas por el narco, y con el único fin partidista de repartirse el botín del poder estatal. Esta es la imagen de la democracia entendida sólo como un proceso electoral, que le importa muy poco las condiciones de justicia cultural, económica y política, y que la afirma, en palabras de Nelson Mandela como “una cáscara vacía”.
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